En la batalla judicial que enfrenta a Andrea Orcel contra Banco Santander por su malogrado fichaje como consejero delegado de la entidad, además de haber 110 millones de euros en juego, existe una retahíla de entresijos y conflictos basados, en su mayor parte, tanto en la validez del precontrato como en las condiciones de la incorporación.

Según las últimas noticias publicadas al respecto, Orcel habría logrado que UBS -entidad suiza que presidió- pague su bonus de 52 millones en pleno pulso contra el banco capitaneado por Ana Botín, para el que se habría puesto en manos de un exsocio del bufete del propio Santander.

Sea como fuere, este caso resulta paradigmático de lo que supone el fichaje de un alto directivo. En primer lugar, la contratación de una persona de este perfil implica la salida del equipo directivo anterior, por lo que un punto contencioso en estos procesos es el despido o el cese de la relación de quienes estaban a los mandos de la empresa anteriormente; obligando a negociar y a pagar una serie de indemnizaciones.

El segundo de entre los principales problemas está relacionado con la fijación de las condiciones económicas de la contratación. En este sentido, los altos directivos como Orcel suelen tener un paquete de retribuciones comprendido por una cantidad anual y otra a largo plazo. Resulta bastante habitual que los honorarios anuales incluyan un fijo y una cantidad a percibir en función de los objetivos que se cosechen durante ese ejercicio. Y esa parte variable, a su vez, atiende aproximadamente en un 70 % a criterios objetivos y en un 30 % a criterios subjetivos, que deben ser valorados por el Consejo de Administración de la entidad, desde donde considerarían el alcance del éxito de dicha incorporación. Pues bien, estas evaluaciones pueden dar lugar a discusiones en torno a los elementos a tener en cuenta para devengar ese derecho al cobro de la retribución variable, puesto que a veces para lograr un objetivo relacionado con el volumen de ventas, por ejemplo, se incurre en un gasto desmesurado, generando a su vez una cierta litigiosidad.

La fijación de la retribución a largo plazo, señalando metas a tres o cinco años vista desde la incorporación del alto directivo -como la salida a bolsa o el salto a ciertos mercados- también puede abonar la litigiosidad. Pero, sobre todo, existe una fuente de conflictos en la remodelación de los equipos. Y es que los altos directivos, para lograr los objetivos marcados, necesitan gente de su confianza, lo que crea importantes tensiones internas al producir cambios de jefes, desplazamientos de otros mandos…

Santander no quería contratar a Orcel por ser un buen directivo, lo que se le presuponía, sino por su capacidad para cambiar la dinámica de la empresa, crear nuevas filosofías y mejorar el negocio. Más allá de que la cantidad de la demanda pueda parecer desorbitada, lo cierto es que el italiano juega en la liga de los altos directivos, como si de Messi o Ronaldo en el fútbol se tratara. Una liga, por cierto, no exenta de complejidad y, en algunos casos, de cierta litigiosidad a la hora de realizar contrataciones.

Ignacio González Rivera, socio de LIFE ABOGADOS

Fuente: Cinco Dias.